Con la firma del Tratado de París de 1898, España cedía o vendía los últimos pedazos de su otrora imperio, donde en tiempos de Carlos V “nunca se ponía el Sol.” Este tratado, como ya ha sido probado por Pedro Albizu Campos, tenía varios defectos legales que lo hacían inválido. Curiosamente, ningún político español ha utilizado estos argumentos para solicitar su impugnación pura y simple. Esto se debe a dos factores principales, el primero, la ignorancia y el segundo, de igual peso, el de la realidad: España no está hoy, como no lo estaba hace 115 años en condiciones de oponerse a la “Pax americana”.

Sin embargo esta fisura legal adquiere hoy una dimensión inesperada. España por distintas leyes, decretos y circulares, ha decidido restablecer los derechos de nacionalidad para muchos de sus antiguos ciudadanos que la perdieron por diferentes motivos  el siglo pasado (e incluso antes, como es el caso de los judíos sefardíes). Este buen camino con el tiempo va resultando parcial e incompleto pues van apareciendo abismos insondables de injusticia. No vamos a aludir la notoria iniquidad de conceder la nacionalidad sólo a los descendientes de los inmigrantes de sexo masculino, ni a detallar tampoco las numerosas tretas legales de las que se valen los funcionarios en el exterior para retardar o entorpecer las suplicas de los interesados, que no siempre pudieron tener acceso a los documentos necesarios para hacer valer sus derechos.

Concerniendo a cubanos y puertorriqueños nacidos en Ultramar el Tratado los desposeía pura y simplemente de su condición de españoles, quedando a disposición de las nuevas autoridades
como si se tratase de propiedades materiales de la Corona cedidas o vendidas en virtud de aquel acuerdo. Algo que estaba en franca contradicción con el Derecho de gentes, es una de las razones por las que dicho tratado nunca fue ratificado por las Cortes del Reino hasta hoy.


Pocos se levantaron en aquel momento para denunciar tamaña injusticia, llevada hasta las Cortes por el Almirante Cervera. Más adelante se publicó un real decreto en el Manual de Clases pasivas y Militares que les declaraba extranjeros. Sin embargo, según la Constitución vigente, el Registro Civil del Reino, era el único organismo habilitado para reconocer legalmente (una vez que se hubiese procedido a la inscripción) la pérdida de la nacionalidad de aquellos españoles y esto nunca ocurrió.  

Al no asentarse debidamente en los registros civiles del Reino de España la nueva situación administrativa de los naturales de la isla de Cuba, estos siguieron conservando de facto la nacionalidad española.  

La creación de la República de Cuba no resolvió tampoco este problema legal, puesto que la Constitución cubana establecía que aquellas personas debían “optar” por la nueva nacionalidad cubana, algo que en la práctica –y de toda evidencia- también resultó difícil de aplicar. Los que no lo hicieron,  así como sus descendientes, siguieron conservando de facto su condición de españoles al menos hasta 1940. 

En consecuencia, sus descendientes siguen siendo españoles y podrían reclamar esta condición actualmente en los registros civiles de la Península. 

En 1940 la nueva Constitución, decretó por “ius solis,” la condición de cubanos a los nacidos en Cuba, con lo que los españoles que no “optaron” en aquel momento por seguir conservando la nacionalidad terminaron perdiéndola, así como sus descendientes.

Ahora bien, la nacionalidad española no depende de la nacionalidad cubana ni viceversa. Cada estado soberano decide por sí mismo quienes son sus ciudadanos. España no puede impugnar el Tratado de París pero sí hacer justicia a los descendientes de aquellos españoles, reconociendo su derecho a la nacionalidad. Nada lo impide y sería un acto de justicia elemental. Las recientes decisiones del Tribunal Supremo negando la condición de españoles a los nacidos en los Territorios de Ultramar, son una vergüenza y una aberración del Derecho. Dada la actual coyuntura política internacional, abrir la nacionalidad a todos aquellos descendientes de españoles que lo soliciten, abre perspectivas insólitas, – trascendentales- para la causa de la hispanidad.

Sólo un ciego no sabría verlas.

Why Do Cubans Continue To Be Spaniards?

14ymedio, Ferrán Nuñez, Paris, 21 February 2015 — With the signing of the Treaty of Paris of 1898, Spain ceded or sold the last pieces of its former empire where, in the time of Carlos V, “the sun never set.” This treaty, as has already been proven by Pedro Albizu Campos, had several legal defects that made it invalid. Curiously, no Spanish politician has used these arguments to challenge it outright. This is due to two main factors: The first, ignorance, and the second, of equal weight, reality. Spain today, as it has been for the last 115 years, is not in any shape to oppose the “Pax Americana.”
However, today this legal fissure acquires an unexpected dimension. Spain, through various laws, decrees and circulars, has decided to re-establish the rights of nationality for many of its former citizens who lost their nationality for different reasons in the last century (and even earlier, as is the case of the Sephardic Jews). Over time this worthwhile path is going to turn out partial and incomplete because unfathomable depths of injustice are appearing. We are going to neither allude to the notorious inequality of conceding nationality only to descendants of male immigrants or detail the numerous legal ploys that officials abroad use in order to retard or delay the petitions of the interested parties, who could not always access to the documents necessary for validating their rights.
The Treaty of Paris completely dispossessed Cubans and Puerto Ricans born overseas of their status as Spaniards, leaving them to the disposition of the new authorities as if it were dealing with material property of the Crown ceded or sold by virtue of that agreement. Something that was in frank contradiction of the rights of peoples and is one of the reasons that the said treaty was never ratified by The Cortes – the Spanish Parliament – until today.
Few rose then to denounce such injustice, carried to The Cortes by Admiral Cevera, among others. Later a royal decree was published in the Manual of Military and Civil Classes, which declared them foreigners. Nevertheless, according to the current Constitution, the Civil Registry of the Kingdom was the only agency authorized legally to recognize (once registration had proceeded) the loss of nationality of those Spaniards, and this never occurred.
By not duly settling in the Kingdom of Spain’s civil registry the new administrative status of the natives of the island of Cuba, they continued to maintain de facto Spanish nationality.
The creation of the Republic of Cuba did not resolve this legal problem either, given that the Cuban Constitution established that those people had to “opt” for the new Cuban nationality, something that in practice – and from all the evidence – also turned out difficult to put into practice. Those who did not do it, as well as their descendants, kept their de facto status as Spaniards at least until 1940. As a result, their descendants continue to be Spanish and could demand that status currently in Spain’s civil registries.
In 1940, the new Constitution decreed by ius solis (birthright through parentage) Cuban status to those born in Cuba so that Spaniards who did not “opt” at that moment to keep their Spanish nationality ended up losing it as did their descendants.
However, Spanish nationality does not depend on Cuban nationality or vice versa. Each sovereign state decides for itself who are its citizens. Spain cannot impugn the Treaty of Paris but it can do justice to the descendants of those Spaniards, recognizing their right to nationality. Nothing prevents it and it would be an act of basic justice. The recent decisions by the Supreme Court denying Spanish status to those born in overseas territories are a disgrace and a legal aberration. Given the current international political environment, offering nationality to all those descendants of Spaniards who seek it opens unusual prospects – transcendental – for the cause of Hispanic heritage. Only a blind man would not know how to see them.
Translated by MLK